Coroico y Tocaña, Bolivia: la historia de Camilo y las montañas

Coroico y Tocaña, Bolivia: la historia de Camilo y las montañas

De la serie de Autores Invitados.

Después de meses, mi querido amigo Jorge Fernández me mandó el texto prometido acerca de su viaje por Bolivia y las localidades de Coroico y Tocaña. Jorge es un joven escritor de narrativa y algo más. Se consolidó hace un tiempo con el lanzamiento de su primer compilado de cuentos titulado Derramental. En la página de Cerrojo Ediciones pueden conseguirlo. Si revisan su fanpage de Facebook o su cuenta de Instagram verán que es un libro viajero 🙂 Acá la historia.

coroico y tocaña

Camilo es originario de Coroico, pueblo que queda ubicado a unos 90 kilómetros de La Paz en Bolivia. El lugar está inserto al interior de la zona conocida como Yungas, un paraíso subtropical que se encuentra entre el Altiplano y el Amazonas.

Cuando niño, Camilo estudiaba en la escuelita de Coroico y por las tardes, especialmente las de los días viernes, bajaba excitado, junto a sus compañeros, por las laderas de los cerros que conectan con Tocaña, localidad ubicada a poco más de 20 kilómetros de distancia. Largo viaje si su transporte fuera motorizado, pues entre las faldas y los rincones vírgenes, siempre había un trayecto que le hacía demorar menos.
​El punto de reunión con sus amigos era el río Coroico, hermosa arteria de agua que cruza esas inmensas latitudes, las que cuentan con las más diversas tonalidades del color de la esperanza. Allí pescaban, jugaban y se bañaban durante horas. Disfrutaban el paisaje y consumían felicidad a través de sus cinco sentidos.

Camilo, embargado por una profunda nostalgia, nos contaba pasajes de su infancia, mientras recorríamos sectores que él conoce como la palma de su mano y que, tras cada travesía, le llenan la mente de recuerdos que atesora inexorablemente en su interior.
​Su vida ha sido un eterno transitar sin alejarse nunca de sus raíces y de su amor infranqueable por la naturaleza. Hizo clases de primaria en la misma escuelita donde estudió; Fue guardabosques, lo que le permitió recorrer innumerables veces su entorno y cuidarlo con el afán de quien siente placer por su trabajo. Además, estudió Agronomía, con lo que se alimentó de todos los conocimientos que venían desde su más primigenia curiosidad infantil.

coroico y tocaña

Jorge comiendo un mango recién cosechado

Cuando lo conocimos, Camilo estaba dedicado al Turismo, fuente de ingresos esencial para su localidad. No había mentiras ni una buena actuación en su andar. Todo fluía de manera natural, al igual que lo que nos rodeaba. Eso nos gustó y eso fue lo que nos hizo acelerar el paso para escuchar con devoción las historias y la eterna sabiduría del que conoce el terreno por el cual está pasando.
​La idea era adentrarnos en Tocaña, lugar poblado por familias aymaras y afrobolivianas. Estos últimos descienden de los esclavos traídos por los españoles desde las Antillas y África (principalmente del Congo y Angola). El pueblo tiene un Rey reconocido por el estado de Bolivia, aunque sólo de manera simbólica. Su nombre es Julio Pinedo y es descendiente del último rey esclavo durante la Colonia, Bonifacio Pinedo.

Todo esto nos lo cuenta “El Pulga”, hombre de unos cuarenta y cinco años. Él no es ni aymara ni afroboliviano, pero lleva tantos años viviendo en el sector que ya es parte de su folclore e idiosincrasia.
Camilo nos cuenta su historia, pues son años los que llevan de amistad y convivencia. “El Pulga” estudiaba Antropología en la misma universidad donde él hacía lo propio con Agronomía. Un día, Camilo lo invitó a visitar a sus padres, los que vivían en las faldas de un cerro en pleno Yungas. “El Pulga” quedó inmediatamente prendado del lugar y no se fue nunca más. De esto hace ya 20 años.
Tras este tiempo, Camilo olvidó el nombre real de su amigo. En esa región no es necesario. Por lo menos, así nos lo hizo sentir cuando, extrañados, le manifestamos nuestra incredulidad ante tan peculiar situación.

coroico y tocaña

La media vista

“El Pulga” es un ávido conocedor del mundo que lo rodea. Con pasión y holgura, nos habló de las tradiciones y costumbres, del idioma particular de los afrobolivianos, al que algunos suelen llamar erróneamente, dialecto, del uso natural de la coca, de su plantación regularizada y totalmente legal. También nos habló del sincretismo cultural que se desarrolla en Tocaña.
Y es que las personas que forman parte de ella, poseen un desarrollo mancomunado y sostenido en el tiempo. Cuando hay que trabajar, todos se alinean y lo hacen con el sudor de su frente. Y de su mente también, pues lo que llevan a cabo, usualmente requiere planificación, metodología y pragmatismo.
El día que nosotros fuimos, no había fiesta ni tampoco bailaban al ritmo de la música de la saya, como es su costumbre. Todos estaban en la calle, pero trabajando por un bien común. Hace algunos días, una intensa lluvia había cubierto de barro las pedregosas calles que cruzan el lugar y amenazaban con aumentar el peligro de volcamientos o accidentes de tránsito. Palas y picotas en mano, el cruce racial los hacía poderosos y juntos llevaban a cabo la ardua misión de confeccionar una canaleta natural al borde del camino por la cual fluyera el agua que prontamente volvería a caer.

Un saludo silencioso y reiterativo se hizo ininterrumpido durante varios metros. Era toda la comunidad que estaba allí. Hombres, mujeres y niños trabajando de igual modo por un propósito común. La fuerza de las ideas tomaba protagonismo en los cuerpos sudorosos de los voluntarios. Porque Tocaña es un poblado independiente. No hay estado que los subsidie ni contrariedad que los desaliente.

Esta historia podría continuar.

Si estás planificando un viaje por Sudamérica, puedes encontrar más entradas aquí.

¡Queremos saber tu opinión! ¿Has estado por ahí antes? ¿Te motiva esta historia para perderte en las montañas bolivianas? ¡Cuéntanos en los comentarios!

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