Pichilemu y la terapia de romper prejuicios

Pichilemu

Y la terapia de romper prejuicios

Vivimos en una sociedad en la que los prejuicios son pan de cada día. Y los lugares no se escapan de esto. Es súper normal que tengamos ideas preconcebidas sobre sitios de nuestro país y el mundo, que hacen que el viajar allá sea más o menos atractivo para nosotros. Esto me pasaba con Pichilemu: una pequeña ciudad en la costa central de Chile, a unas 3 horas de Santiago. Toda mi vida pensé que era un pueblo chico y feo, lleno de gente borracha. Síiiiii perdóooon. No sé cómo se implantó esa idea en mi cabeza. Quizás porque siempre vi que para las fiestas patrias todos los que iban para allá se destruían bebiendo. Y a mí eso nunca me gustó. Después (yo diría hace como unos 8 años atrás) me empecé a hacer la idea que esa gente convivía en ciertas temporadas con una ola de surfistas-hijitos-de-papá que llegaban a saturar el pueblo con sus camionetas gigantes y sus tablas y sus cuerpos fantásticos (jajaja). Esto último no está tan lejos de la realidad como el prejuicio del “pueblo feo”; pero aún así es una idea errada.

Preparé esta entrada para contarles sobre mi escapada de cinco días a Pichilemu y las zonas cercanas (Punta de Lobos y Cáhuil). Leerán datos y un par de tips, pero preferí centrarme en la experiencia de haber roto mis prejuicios. Partió como un viaje en solitario que mi cuerpo y mi alma me pedían, pero terminó siendo mucho más enriquecedor de lo que podría haber imaginado.

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El inicio apurado.

Todo partió cuando, en un ataque de wanderlust junto con una necesidad imperiosa de escaparme de Santiago, decidí buscar “el lugar más cerca que no conociera y que tenga pinta de poder desconectarme ahí”. Así, sin más requisitos, busqué en booking.com lo que había disponible y di con un lodge que parecía ser perfecto: quedaba en un cerro a 1,5 kms desde la carretera, entre un bosque de eucaliptos, tenía un precio conveniente, zona de spa, buen desayuno y buenas críticas. No lo pensé más y reservé mi estancia incluso antes de comprar los pasajes en bus. Lo mejor era que no conocía la zona. Quedaba muy cerca de Punta de Lobos y a minutos en auto de Pichilemu. A pesar de mis prejuicios, yo iba a desconectarme a la punta del cerro, así que no importaba que los pueblos no fueran de mi gusto. Igual aprovecharía de ir a conocerlos, obvio.



Llegado el día ya empecé a sentirme mejor. Cargué mi caparazón de tortuga al hombro (mi mochila amada, que me ha acompañado en mis últimas aventuras) y partí al terminal de buses. El viaje fue largo pero precioso. La zona central de Chile había tenido lluvias poco comunes en los meses anteriores y entonces ahora estaba todo más verde de lo normal, más frondoso y más florido. Con sólo ir mirando el paisaje empecé a liberar mi cabeza de todo lo que me aquejaba.

Llegué a Pichilemu muerta de hambre porque ya se me había pasado mi hora de almuerzo, así que mi primera parada fue en un localcito a metros del terminal de buses que me recomendó una señora de un kiosko, llamado Perros Calientes, donde, por supuesto, vendían una variedad de completos muy buenos. El de la foto era una promo como de 1500 pesos, que no me pude terminar. Ultra recomendado por lo barato, lo rico, y la atención muy amable que recibí (si hasta me ayudaron cambiando plata con el vecino para pagar el colectivo).

Pichilemu Pichilemu

Guatita llena y corazón contento me fui a buscar el lodge al que tanto anhelaba llegar, cruzando los dedos para que no estuviera lleno de surfistas ruidosos por ser fin de semana largo. Tomé un colectivo desde el terminal de buses hasta un poco antes de la entrada a Punta de Lobos, y ahí, mochila al hombro, caminé 30 minutos subiendo y bajando un cerro, entre un bosque de eucaliptos, caballos, flores y aire limpio. La mochila no me pesaba porque la felicidad de caminar por ahí, a paso lento, era mucho más grande.

¡Stop!

Este es el momento en que me doy cuenta que mi relato será extenso y que estoy dando muchos detalles. Este post se me fue de las manos. Uff. Es que escribo mirando hacia atrás y no quiero que se me olviden cosas importantes que quería manifestar. A ver… ¿qué hago?

Ya, no detallaré mis días. Prometo enfocarme en lo importante, y abajo les dejo los datos concretos.

El lugar era justo lo que esperaba y, para mi sorpresa, no estaba lleno de surfistas ruidosos. La atención fue muy amable por parte de todo el personal y las instalaciones eran de lujo. Lo mejor de todo era el amanecer con el cantar de los pájaros y la paz de los alrededores. Pasé los días conociendo los pueblos cercanos y las tardes viendo Netflix junto a la puesta de sol desde un ventanal enorme acompañada del calor de una chimenea y el chisporrotear de la leña. Me había llevado un libro pero no avancé más que el prólogo. No sé. Simplemente no tenía ganas de leer y mi idea de disfrutar ese lugar tenía relación con hacer lo que se me diera la gana. El último día me quedé en el lodge para aprovechar sus instalaciones, así que tuve un día completo de spa durmiendo al sol y usando la piscina, el sauna y una tina caliente con sal y hojas de eucalipto que no olvidaré.

Pichilemu

(No sé por qué se me da vuelta la foto… Misterios de wordpress)

Pichilemu.

¡Ay, Pichi, haber sabido que tu costa era tan amplia te juro que te hubiese visitado antes! Perdóname por los prejuicios. Perdóname por caer en las habladurías de tu mala reputación.
Pichilemu es un pueblo grande o una ciudad pequeña. Con una costa preciosa y bien cuidada, ideal para las vacaciones familiares. El sector es muy caminable, ideal para pasar la tarde comiendo unas empanadas o en uno de los muuuchos locales de sushi que -al parecer- han aflorado en poco tiempo. Sin duda hay que visitar el Parque Municipal Agustín Ross (construido en 1885 y declarado Monumento Histórico Nacional) y el Bosque Municipal, que es un área verde de 1 km de extensión.



Durante mi corto paseo por sus calles, sentí que era una ciudad tranquila y con buena vibra. Tuve la suerte de llegar JUSTO en el fin de semana en que festejaban la Fiesta de la Primavera. Al parecer todo el pueblo se reunió ahí, ya que ofrecían el pastel de jaiba gigante para dos mil personas. Costaba 3000 pesos eso sí, pero valía la pena. Además, habían stands con artesanías y más comida. El evento cerró con una presentación de Los Jaivas, que no vi, porque tenía frío y me fui.

Punta de Lobos.

Aquí fallé increíblemente con las expectativas. En el lodge le pregunté a la recepcionista: “¿estará bien si voy sólo medio día? ¿alcanzaré a verlo completo”… Jajaaja, la chica me miró con cara de “qué le pasa a esta loca que se cree viajera y no cacha ni una” y me explicó muy amablemente que con una hora bastaba para recorrer todo el lugar. Al final, Punta de Lobos es una playa y nada más. Tiene una calle muy pequeña con unos cuantos hoteles para surfistas, las mejores olas del mundo donde además de surf (obvio) puedes hacer pesca deportiva, y un mirador que te muestra unas rocas extrañas saliendo del mar.

Cáhuil.

De Cáhuil nunca había oído hablar hasta que en comentarios de pasillo con los amigos de Pruebe y Disfrute supe que de ahí se sacaba una sal famosa en Chile (de la que yo no tenía idea de su existencia tampoco) y que TENÍA que visitar la salinera. Ya en el lodge supe que era destino común entre la gente de la zona, así que tomé un colectivo y le pedí que me dejara en el punto más alto de la única calle que compone el pueblo para poder recorrerlo en bajada. Aproveché y paré a almorzar (abajo el dato) para luego caminar buscando alguna artesanía que llevarme de recuerdo (¿les dije que soy una compradora compulsiva de souvenirs?).

No pude ir a la salinera porque según el colectivero “no era época” y estaba cerrada. De todas formas, el pueblo no da para más de medio día de visita. Hay una opción de tomar un botecito que te lleva por un río, pero como tampoco lo tomé, no podría recomendarlo.

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Los datos.

El lugar donde me quedé se llama Surf Lodge Punta de Lobos. Pueden reservar directo desde su sitio web o buscarlo en Booking. Yo me quedé en una habitación compartida de 4 camas pero estuve sola toda la estancia. Tuve suerte, porque estar ahí era exquisito y me salió harto más barato que una habitación individual privada. Lo único malo es que los baños no estaban tan cerca de la pieza y daba frío en la mañana. Pagué un poco más de 17.000 clp por noche.

Cada trayecto en colectivo me salió 1.000 clp. Esto es desde el centro de Pichilemu hasta Punta de Lobos y viceversa, o desde Punta de Lobos hasta Cáhuil y viceversa.

En Pichilemu, aparte de la completería Perros Calientes que nombré al principio, mis otras comidas fueron improvisadas en la Fiesta de la Primavera, así que no cuentan.
En Punta de Lobos siempre comí en el lodge (cenas, porque no sirven almuerzos). Estaba bueno, bien bueno, pero era muy caro lamentablemente, así que mi recomendación es buscarse otro lugar.
En Cáhuil almorcé en la Hostería Las Salinas que estaba bien llena así que supongo que era buen dato. Me comí dos empanadas fritas más un jugo por un poco más 5.000 clp. Creo que era lo mejor de la zona en relación precio-calidad.

Los pasajes en bus desde Santiago los compré por internet. Según yo, estaban caros, pero es porque era temporada alta (fin de semana largo). Pagué 7.000 de ida y 5.500 clp de vuelta. Al parecer el precio normal es como 5.000 clp.

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Me fui de Pichilemu con la sensación de haber roto varios prejuicios y eso como que calmó mi wanderlust inquieto. Más encima, cuando me subí al bus me equivoqué de asiento y me senté al lado de una chilena adorable que conocí en Camboya en el 2016. ¿Qué tipo de reencuentros son esos? Fue magia del destino, creo yo. La calma y buena vibra de la zona me encantó, me relajó y me acarició el espíritu -que venía un poco dañado-. Prometí volver: con más tiempo, con menos prejuicios, con la mente más abierta aún.

……..*

¿Y bien? ¿Qué opinan? ¿Ustedes tienen prejuicios con otro lugar? A mí me pasa con India también (que tengo la idea de que no puedo ir sola) o con otros lugares donde creo que “no hay nada que ver allá”. Espero tener la posibilidad de ir rompiendo más paradigmas con mis siguientes viajes.
Déjenme sus comentarios y conversemos.
¡Saludos, viajeros!

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Comments (7)
  1. Daniel enero 19, 2018
  2. Verónica enero 20, 2018
    • La Nico enero 20, 2018
  3. Carlos enero 29, 2018
    • La Nico enero 29, 2018
      • Carlos enero 30, 2018

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Viajando Lento por Nicole Etchart Opitz se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.